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"El Sinaloa"
"El Sinaloa" era un buque que había llegado a Manzanillo desde el 24 de octubre, procedente de Ensenada, y su destino era llegar a Acapulco el 27 o 28. Y sus tripulantes bajaron al puerto de Manzanillo a saludar y visitar a familiares o amigos. Se sabe extraoficialmente que especialistas norteamericanos, habían avisado ya a las autoridades del desarrollo de una perturbación ciclónica en la costa sur del pacifico mexicano. Por eso, el Sinaloa aguardó pacientemente en nuestro puerto, a la espera de que el mal tiempo pasara sin causar daño a sus dimensiones. Así permaneció los días 25 y 26, y recibieron la noticia de que “el peligro había pasado”. Ya con esta información, el Capitán Ignacio Guerrero Vela (t), al mando de la embarcación, atracado en el costado izquierdo del vetusto muelle fiscal, ordenó levar anclas y recontinuar su travesía hacia el sur, hacia Acapulco con 30 elementos y otros 12 pasajeros. La aventura comenzó entre las 8 o nueve de la noche del 27 de octubre, dirigiéndose hacia su fatídico final, más cercano de lo que ellos prevenían, ubicado a escasas millas de su origen. La noche apenas había extendido su manto sobre la panorámica manzanillense y pese a la pertinaz lluvia todos tomaron ese viaje como uno más, como un acto rutinario. El tiempo, el destino, hicieron ver lo contrario, que se embarcaron rumbo a la fatalidad. Se empezaron a dar cuenta, que bien apenas se alejaban de las instalaciones portuarias cuando empezaron a notar la rareza de ese elemento seductor y a la vez engañoso. Finalmente, en las postrimerías de ese día se dieron cuenta de que Manzanillo era abatido por un huracán de dimensiones incalculables, al menos así lo hacia ver el oleaje extremo, que alcanzaba en ocasiones los cinco metros de altura, mientras que las ráfagas eólicas –superiores a los 200 Km/hr.- hacían del respirar algo sumamente extenuante.
Desde algún punto en la lejanía del mar, se alcanzaba a identificar una señal inequívoca de una relativa cercanía con Manzanillo: el faro de Campos. La imagen permanecía fija en la mirada de la tripulación del Sinaloa, hecho que indicaba que el buque no avanzaba sino que permanecía estático debido a las pésimas condiciones del elemento acuático. Esto, según las referencias históricas, transcurría ya en la madrugada del 28 de octubre. De ahí en adelante los rostros de la gente de abordo cada vez denotaban mayor histeria puesto que la tormenta lejos de amainar arreciaba, poniendo ya en serio riesgo la vida de todos y cada uno de los tripulantes. Las cosas transcurrieron un ambiente muy difícil y en animo tan exacerbado por la inclemencia de la naturaleza que súbitamente el terror se apoderó, primero, de los que no estaban habituados a este tipo de viajes y finalmente de hasta los mismos hombres de mar. No era para menos porque en el momento álgido de la perturbación meteórica muchos ya sabían que el hundimiento era ineludible, que de ahí en más la tripulación quedaría a la buena de Díos. El momento llegó, y luego de desesperantes lapsos de gritos, de terror, el barco fuera de control, al garete, sin posibilidades de comunicación, con pocas esperanzas de superar el reto de la naturaleza, se fue a pique.
En ese instante, quienes conservaban la calma, quienes tenían el instinto de supervivencia intacto, se dirigieron a la cubierta, donde estaban los botes salvavidas, ahí, por la fuerza del huracán fueron barridos, empujados al mar completamente. Estaban en su mero elemento, ante la mismísima adversidad, viéndose caer a niños, señoras, cayeron y desaparecieron varias personas.
Ya en medio de las furiosas aguas, algunas personas lograron asirse, casi por inercia de lo primero que estuviera a su alcance. Como el timón del propio barco, que prestó lo que los marinos llaman “la caña de respeto” para que Alfonso Nava pudiera aferrarse a la vida, como previniéndole ya de que el era uno de los elegidos. Así, lúcido pese al infernal entorno permaneció hasta que el alba hizo acto de presencia. Casi inmediatamente comenzó a darse cuenta de que lo que a su alrededor había acontecido: un sinfín de objetos inertes saturaban los mares, peor aun cuando observó cadáveres atestando sus alrededores, numerosos cuerpos de ganado flotando. Todo un panorama dantesco y él ahí fijo en su salvavidas esperando el rescate. Luego, al filo de las 9 de la mañana del 28 de octubre, divisó a dos compañeros (Vicente López Robles y Mario Sánchez) que se hicieron mutua compañía por espacio de 36 horas, aguardando la redención o bien el final, cosa que fue un alivio puesto que otros sobrevivientes tuvieron que superar el reto por si solos, como los casos de Porfirio López o Melchor Suárez. De ahí vino la lucha contra la sed, contra el hambre, contra la muerte, de los sobrevivientes. Escollos que fueron sorteando por la repentina aparición de botellas de agua potable y restos de alimentos que escaparon al hundimiento del Sinaloa, para luego toparse con cocos arrastrados a altamar por la fuerte marejada. En todos los casos la ingesta del alimento se tornó en una autentica odisea porque destapar los recipientes del vital liquido o romper los cocos fue algo complicado por no tener los implementos necesarios.
Luego de extenuantes horas, vino la salvación, de una muerte que parecía segura, para los sobrevivientes al hundimiento, ante ellos apareció la imponente figura de un buque mercante, el Blue Grass, que inmediatamente les abrió sus puertas, reafirmándoles de facto, con argumentos, el ánimo por la vida. La misma suerte corrió otra docena de personas, que superaron ilesos ese trance, a excepción de un par de ellos que fueron rescatados por un navío holandés. Todos fueron conducidos al puerto y conforme más se acercaban a la bahía iban cobrando noción del alcance del ciclón que los puso contra la pared; por doquier la escena era la misma, la destrucción y el dolor era el común denominador. Ya en tierra firme los rescatados fueron internados en nosocomios locales. Y poco a poco se fueron recuperando y entendiendo lo que había sucedido.
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