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Historias de nuestro tiempo

Hoy, Una Historia Navideña

 

Por J. Baldomero Díaz Gaytán

 

Eran los primeros días del mes de diciembre del año 1933. El novenario en honor a la Santísima Virgen de Guadalupe estaba en su apogeo y Manzanillo se preparaba para vivir las fiestas de la Navidad.

 

Y por aquellos días, en el entonces populoso barrio de El Vigía, don Teodoro Gómez realizaba su labor de todos los días: Se levantaba muy temprano para dar en la Iglesia de Guadalupe las llamadas a misa de cinco. Era el encargado de barrer y trapear el templo. “Don Teo”, hay que decirlo como es, tenía una intachable fama pública, era, como se dice popularmente, un buen hombre.

 

Y a don Teodoro Gómez se le atribuyen muchas obras buenas. Dicen que en una ocasión,  subió, abrazada hasta las últimas casas, arriba del cerro, a una mujer embarazada que empezó con el trabajo de parto cuando estaba escuchando la santa misa. Otros mas, aseguran que durante el ciclón de octubre del 59, don Teodoro subió a rescatar dos niños que se habían quedado atrapados en la parte alta del peñasco. Sus buenas acciones, insistimos, se pueden contar por docenas.

 

Pero la vida de don Teodoro Gómez cambio el 10 de diciembre del año de 1933. En aquella mañana, don Teodoro observo como su vecino, don Cástulo Ventura, golpeaba de manera salvaje a su esposa Domitila Barragán. Las cachetadas eran tan fuertes, que “Don Teo” se vio en la necesidad de intervenir. –Déjala, le dijo al iracundo sujeto. Mientras que con sus manos tomaba a la infortunada dama y la invitaba a su casa.

 

Don Cástulo como era de esperarse, se enfureció mas ante la acción de Don Teodoro y aparte de recordarle en varias ocasiones el 10 de mayo, prometió vengarse. –“Esta misma noche usted va a ser hombre muerto don Teodoro, yo se lo prometo, y ni su Dios al que tanto le reza va a poder salvarlo”.

 

Aquél día transcurrió como cualquier otro. Don Teodoro estaba entretenido atendiendo a los feligreses que visitaban a la Virgen de Guadalupe, pero también, por ratos, pensaba en el desagradable momento que había pasado con Cástulo. “Ya  se le pasara la borrachera y seguro volverá por su esposa. El alcohol es una mala compañía y Cástulo, así como andaba de borracho, seguro iba a medio matar a su mujer”, pensaba en voz baja don Teodoro.

 

Pero lejos estaba de imaginar lo que pasaba en una de las casas del sector dos,  justo en el cerro en donde actualmente se encuentra la sede de la Presidencia Municipal de Manzanillo. Cástulo estaba de visita en la vivienda de Felipe de la Rosa, un forastero que tenía poco de haber llegado a  Manzanillo y que tenía fama de maldito. –“quiero que me ayudes a vengarme de ese viejo, de Teodoro”, le decía de manera insistente Cástulo  a Felipe. Y este respondía, no te preocupes Cástulo, esta misma noche el viejo será cadáver.

 

Y así paso el día. Cástulo y Felipe tomaron, al menos, dos galones de mezcal, que en aquel tiempo se llamaba “Mezcal de Tolimán”. Y en el anochecer los dos estaban completamente ebrios. Echaban huacos y ofendían con sus conciencias al viejo Teodoro.

Y serian las nueve, quizás las diez de la noche, cuando Felipe le dio a Cástulo la pauta del  perverso plan. –“Mira Cástulo, ya se como vamos a matar al viejo Teodoro. Yo voy a ir a la Iglesia y le voy a decir que un pariente mío llego de viaje y que esta muy enfermo, que creo que se va a morir y que necesita que le den la comunión.

El viejo es muy buena persona y no dudara en venir. Tu te vas a quedar aquí en la casa, al cabo nadie sabe que estas aquí. Y lo matas, le cobras la afrenta de haberte quitado a tu mujer”.

 

 Y así le hicieron: Eran las 10:15, quizás 10:20 de la noche, cuando Felipe de la Rosa llegó a las puertas de la Iglesia de Guadalupe y se encontró al sacristán Teodoro Gómez  cerrando las puertas del templo. – ¿Cómo está mi amigo?, saludó. –“Muy bien don Felipe”, le contesto don Teodoro.

 

Y Felipe de manera rápida le contó lo que pasaba. “Fíjese que un tío mío acaba de llegar de Ciudad Guzmán pero llego muy enfermo, no se que tenga. Pero por las dudas, me pidió que viniera a la Iglesia a ver quien podía llevarle la santa comunión. Yo creo que se siente muy malo don Teodoro, porque si no, no hubiera pedido la presencia de Dios”.

 

Don Teodoro no dudo ni un momento, ni un instante. Volvió a abrir las puertas de la iglesia. Se fue hasta donde se encontraba el Santísimo y de ahí saco el sagrado alimento. Lo puso en una copa de oro y se dirigió hacia don Felipe:”Vayamos hacia donde esta tu pariente, no vaya a ser que lleguemos tarde”.

 

Y así ambos recorriendo las dos cuadras que separaban a la Iglesia de Guadalupe de la vivienda de don Felipe. Fueron 7, quizás 8 minutos en los que ninguno de los dos hombres se dirigió la palabra. Uno pensaba en la muerte que le esperaba a don Teodoro. Y este a su vez,  pensaba en lo dichoso que era al poder darle la Comunión a un hombre que estaba a punto de morir.

 

Cuando llegaron a la Casa de Felipe, la puerta estaba entreabierta. Un viejo quinqué iluminaba con su luz  el cuerpo de un hombre recostado en un viejo catre. –“ahí esta mi tío”, le dijo Felipe al Sacristán.

 

En ese momento la luz del quinqué se extinguió  y la habitación quedó en la mas pasmosa de las oscuridades. Don Teodoro no pudo ver el rostro del hombre que estaba recostado en el catre, no sabia que era don Cástulo, no sabia que estaba a punto de caer en una trampa.

 

Dos Teodoro, con sus manos callosas, volteó el cuerpo del hombre. Tocó sus muñecas, tocó su yugular. Se agachó a escuchar la respiración y no escucho nada. Con una calma sorprendente, le dijo a Felipe:-“Amigo, lo siento, llegamos tarde, tu pariente ya está muerto”.

 

Felipe de la Rosa no supo que decir. Con una voz que salía mas del fondo de la conciencia que de las cuerdas bucales, se arrodillo ante don Teodoro y le dijo, “perdónenos señor, perdóneme. Ese hombre que esta recostado en el catre es Cástulo, el esposo de Domitila Barragán. El quería matarlo para vengarse por lo que usted le había hecho en la mañana. Yo me preste para que lo mataran a usted pero no se que ha pasado. Perdóneme don Teodoro”.

 

Sobra decir que Teodoro Gómez no supo lo que había pasado. Fueron muchos minutos, algunos creen que horas, las que estuvo recostado junto al catre. No se sabe que hacia, pero en sus manos tenia un rosario con la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.

 

¿Qué paso?, nadie lo supo. Felipe de la Rosa se fue de Manzanillo para siempre y nadie, jamás, volvió a saber de el. Y don Teodoro nunca quiso hablar del asunto. Solo se sabe que los de la funeraria, cuando fueron a recoger el cuerpo de Cástulo Ventura, junto al catre, mataron un alacrán muy grande. Y en el cuello de don Cástulo encontraron la roncha que dejan estos animales al inyectar su veneno.

 

¿Qué paso? Nunca nadie lo supo. Unos dicen que la providencia protegió a don Teodoro de la ira de un marido celoso. Otros mas dicen que la virgen de Guadalupe lo cuido. Hay otros que afirman que Don Teodoro tuvo suerte, nada más suerte.

 

Lo único cierto es que desde ese 10 de diciembre de 1933 y hasta el ultimo día de su vida, el 16 de agosto de 1963, don Teodoro Gómez reuhía hablar sobre el tema. Pero si se sabe, que siempre que escuchaba el nombre de Cástulo Ventura, entraba en profundas meditaciones y pasaba noches enteras en oración.

 

¿Qué paso? Nadie, nunca lo supo. Y Felipe de la Mora, el único que podía dar testimonio. Ese se fue de Manzanillo y jamás volvió, jamás se volvió a saber de el.

 

Hay veces, que los santos están en todos lados. A veces  los tenemos a nuestro lado y nunca los identificamos.

Y Teodoro, muchos dicen, en su vida fue un santo.

           

Y ni una línea más.

 

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