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Historias de nuestro tiempo: la segunda época

Hoy, la historia del hombre que soñó su muerte

 

Por J. Baldomero Díaz Gaytán

 

HISTORIA NUMERO UNO

             Era el amanecer del jueves 8 de diciembre del año de 1977. En aquellos días, un frente frío estaba posicionado sobre la mesa occidental del territorio mexicano y en Manzanillo se sentía un extraño clima que oscilaba entre los 18 y los 17 grados centígrados. Raro en esa época del año, pero la mayoría de la gente utilizaba abrigos para cubrirse de las inclemencias del tiempo.

            Y aquel jueves José Moreno González, un joven de 22 años, habitante de la comunidad de Camotlàn de Miraflores se levantó muy temprano como todos los días. Trabajaba en el campo y antes de que el sol saliera ya estaba, casi siempre, guadaña al hombro listo para realizar las labores del día.

Pero aquel jueves José Moreno se desesperó mas nostálgico que de costumbre. Había amanecido con un poco de gripa y estaba triste, porque la noche anterior había tenido un disgusto con su novia Rosario Salazar, una preciosa joven de 19 años que era “el amor platónico” de la mayoría de los jóvenes de Camotlán.
 

            José y Rosario habían tenido una discusión fuerte, misma que llegó al grado de que ambos decidieron “romper” con la relación sentimental que habían sostenido a lo largo de los últimos seis meses.

Pero el “truene” con Chayo no era la causa de la tristeza de José, ¡no!, había otra razón, había otro motivo. No pudo más y antes de salir de su casa, le contó a su madre, doña Concepción González la razón de su pena:
 

            “Fíjese mamá que ando triste, tuve un sueño muy raro. Soñé que me había matado en la carretera, soñé que venia en una carro gris y en la carretera que lleva a Manzanillo nos habíamos volteado. Todo era muy real, porque me veía  en el cajón de muertos y podía escuchar el llanto de usted y el de Chayo. La verdad es que es un sueño muy raro, tan raro, que me ha despertado un extraño presentimiento”.

Doña Concha Salazar era una mujer de 50 años, con basta experiencia, muy buena persona. Percibió la angustia del menor de sus hijos y le dijo, tratando de tranquilizarlo, “no te preocupes mi muchacho, esos son sueños que todos los tenemos a lo largo de nuestra vida.
 

             Por ejemplo yo he soñado que me cae un rayo y que me ahogó en el mar y ve, nunca ha pasado nada. Los sueños son algo desconocido, y no tenemos porque preocuparnos. Ve con el padre y reza un Padre Nuestro y un Ave Maria para que se te vaya el miedo. Pero antes ve al templo y pregúntale al señor cura sobre el significado de tu sueño”.
 

             Y José Moreno González salió de su casa aquel jueves ocho de diciembre de 1977 con el ánimo renovado. Las sabias palabras de su madre le habían devuelto la confianza. Todo el día la pasó trabajando y por la tarde, al llegar a su casa, se encontró con la agradable sorpresa de que su novia Rosario lo había buscado. Por la noche de ese día, en el jardín de Camotlán, la pasó platicando con su novia, esa noche, ambos se prometieron amor eterno, pero también, que se casarían lo más pronto posible, quizás  en enero o en febrero el año próximo.
 

             Y así pasaron el viernes y la mañana del sábado. Al mediodía, después de acabar con su trabajo, José Moreno llegó a su casa, comió un rico caldo de res que había sido preparado por su madre y se dispuso a tomarse una cerveza, por eso es que le pidió a uno de sus sobrinos “el favor de traerme una caguama de la tienda”.

 

             Y así pasaron las horas. José Moreno se había tomado tres, quizás cuatro caguamas, cuando a eso de las seis de la tarde llego su amigo Ronaldo Montes Santoyo, un amigo de la infancia, ex compañero de la escuela y amigo de toda la vida de José. Llegó en un hermoso volskwagen color gris que se acababa de comprar.

 

             Y Ronaldo le dijo a José: “Mira mi Pepe, me acabo de comprar este vochito, me lo dieron en cinco mil pesos y pues lo ando probando. ¿Por qué no me acompañas a dar una vuelta y de paso pues no tomamos otras “chelas” y presumimos el carro a los cuates?”.
 

              Con el calor de las “chelas” y con la tentadora invitación de su amigo Ronaldo, al joven José no le quedó mas remedio que aceptar la invitación “al cabo tengo tiempo, quedé de ver a la Chayo hasta las ocho y media, en media hora me cambio y me arreglo, además pues hay que acompañar al amigo en este momento de felicidad”.
 

              Y José no lo pensó dos veces. Se subió al nuevo carro de su amigo y ambos se fueron a dar vueltas y vueltas por el pueblo, a final de cuentas, la intención era que todos los que vivían en Camotlán se dieran cuenta de que Ronaldo tenia un “vocho nuevo”.
 

              Y así paso una hora, quizás menos, quizás más, pero Ronaldo y José se sentían en su elemento, ambos estaban felices transitando las desgastadas calles en el vocho gris. Y fue alrededor d las siete cuando la tragedia empezó a tomar forma: En una esquina, Ronaldo se encontró a Catalina de la Torre y a Rosalía Estrada, la primera de ellas, su antigua novia, la segunda, prima hermana de la primera.
 

              ¿A dónde vas Cata?, le dijo con voz sugestiva. La muchacha respondió “vamos a Manzanillo Ronaldo, ¿nos llevas?”. Ronaldo y José no pudieron resistir la tentación y más rápido que lo canta un gallo, ofrecieron el servicio de transporte a las guapas damas.
 

               Como es de suponerse, se surtieron de cervezas, de cigarros y de ilusiones. Y agarraron camino rumbo a Manzanillo. No duraron mucho, en la octava curva en la carretera que viene de Camotlán de Miraflores hacia Manzanillo, el conductor del vocho gris perdió el control del vehiculo y este se fue hacia el fondo de un barranco no tan hondo, pero tampoco tan pequeño, “como de 20 metros decía el parte policiaco”.
 

              Y aquel sábado diez de diciembre a las siete de la noche con 17 minutos, José Moreno González dejo de existir. Fue el único de los cuatro que perdió la vida. Fue el único que tuvo la mala suerte  de morir. Ronaldo, Catalina y Rosalía, los tres, quedaron heridos, graves, pero con vida.
 

               Hoy en Camotlán  de Miraflores, la historia de José Moreno González es muy conocida. Murió dos días después de que había soñado su propia muerte. Y murió como se había visto en su sueño: Accidentado en el fondo de un barranco y a bordo de un carro gris.
 

              Los sueños son, muchas de las veces, incomprensibles. Pero también, hay ocasiones que se vuelven realidad. Y José, desde donde se encuentre, es uno de los que podrían dar testimonio de ello.

           

Y ni una línea más.

 

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